Restaurante Samsha (Valencia)

 

Restaurante: Samsha Comensales: 2
Chef: Víctor Rodrigo Menú: 7 pruebas
Ciudad: Valencia Bebida: 1 botella de vino Angosto blanco 2014, 1 botella de agua de 1 litro y otra de ½ litro
Web: www.samsha.es/ Precio con IVA: 134,34€

 

 

El Samsha es uno de esos restaurantes a los que decides ir por motivos mediáticos. No abundan en Valencia los grandes restaurantes, y siempre es una buena oportunidad visitar a los chefs jóvenes, y ver si tienen recorrido para evolucionar hasta el más alto nivel.

Víctor Rodrigo es uno de los participantes de Top Chef de este año, el programa conducido por el televisivo Alberto Chicote. En la pequeña pantalla Víctor parece tener personalidad y atrevimiento, razones por las que merece la pena explorar su cocina.

 

El Samsha recibe al comensal con la sala de trofeos del cocinero, a modo de currículo, pero rápidamente se desvanecen las promesas, ya que el cliente se desorienta esperando al jefe de sala que nunca llega. Si existe esta figura en el Samsha, desde luego no se percibe. Las camareras te ofrecen que elijas mesa, como si de un bar de carretera se tratara. Nos quedamos desorientados en el medio de la sala, con las chaquetas en la mano, sin que nadie nos pregunte si deseamos que nos las guarden.

 

El servicio, una vez en la mesa, es caótico, aunque la predisposición a agradar es más que evidente. Nos llega la comida antes de tener las cucharas, y el vino bastante después de que nos sirvan los aperitivos. Por cierto, la carta de vinos es adecuada, con bastantes caldos del entorno y a precios competitivos, lo que contrasta con el otro restaurante topcheferiano de la ciudad, La Salita de Begoña Rodrigo, donde hay que pensarse muy mucho lo de pedir un vino, porque los precios son absolutamente desorbitados.

 

El Samsha es impersonal, con luces intensas y colores agresivos, lo cual no transmite tranquilidad, y desde luego no invita a la conversación sosegada. La decoración se asemeja más a un Bershka que a un restaurante de autor. De hecho, se podría transformar en boutique con tan sólo cambiar sillas y mesas por estanterías y armarios.

 

Víctor ofrece dos menús, uno de cuatro platos (“pruebas” las llama él), y otro de siete. Y se llaman así porque recorren las diferentes pruebas llevadas a cabo por el chef en el programa. La comida es correcta, pero sin grandes aspavientos. Al cocinero le gusta jugar a los trampantojos, ofreciendo dos aperitivos meritorios (el crujiente de pimientos del padrón y los macarones de altramuz), y uno mejorable (el bombón de pulpo a la gallega). A partir de ahí empieza el recorrido de los platos de Top Chef, con unas esferificaciones de queso de romero, un canelón de pichón sin pasta y un falso calamar de navajas, considerándose estos platos como entrantes. Le siguen los segundos: salmón con piel de semillas y la cebra con salsa de semillas y ensalada de papaya. Los postres consisten en una crema catalana de melocotón y una ganache de chocolate. Las siete pruebas complementan un recorrido correcto, aunque sin grandes puestas en escena. Víctor, además, ofrece un pan por plato (de curry, de tomate, de tinta de calamar, de vino tinto y de mantequilla y setas), incluyendo el apartado de postres (muffin de manzana y miel y pan de frutos rojos). Por cierto, que el pan de tinta de calamar dista enormemente del de Dani García, del que toma la idea de recorrer el menú con los diferentes tipos de panes.

 

calamar

Foto: Falso calamar de navajas que se comió un chili crab.

 

pichón

Foto: Canelón de pichón sin pasta con curry, cúrcuma y ras el hanout.

 

Víctor sale a saludar al final de la cena, consciente de que su éxito se debe más a su exposición que a su cocina, y visita cada una de las mesas como si del novio en la boda se tratara. Sabe que se debe a su público, que puebla el restaurante mayoritariamente por la tirada del programa televisivo.

 

La cuenta viene acompañada del último juego que propone el cocinero, tal vez el más divertido de la noche, ofreciéndonos tres nuevos trampantojos que emulan a los aperitivos iniciales, con unos altramuces, un pulpo a la gallega y unos pimientos del padrón dulces. Este divertimento cierra el círculo de la cena y permite atisbar el cambio necesario que requiere el Samsha. El cocinero, si quiere mantener el aforo, debe dar un salto de calidad importante. Si no lo consigue se quedará en uno de las decenas de restaurantes correctos en la oferta culinaria de la ciudad, pero con precios no lo suficientemente populares. Vamos a ver hasta dónde llega. Valencia se merece una geografía gastronómica propia y diferencial.

 

Jan Malastrana

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